sábado, 1 de marzo de 2014

Impulsos.

El mejor regalo que se le puede dar a una persona es y será siempre la libertad de la igualdad. Derechos humanos, aquellos que recogen que todos y cada uno de nosotros somos iguales y diferentes en nuestra imperfecta perfección.

Ya no más discriminación por color, por religión, por ideales, por sexo.

Plantéate por un momento que hubiese en realidad esa maravillosa igualdad que se podría ofrecer al mundo.

Piensa en el fin de las dictaduras, adiós a los gritos de sufrimiento, a los llantos de desesperación, a las innecesarias hambrunas, a esa muerte provocada por una enfermedad con cura.

Sueña con una realidad que regale a todos y cada uno de nosotros la felicidad de no ser juzgado, de tener las mismas posibilidades, de poder vivir donde uno quiera.

Imagina poder sonreír bajo la lluvia, o quizá bien calentito frente a una chimenea, o tal vez rodeado de tus seres queridos, quién sabe si durmiendo unas nueve horas sobre un mullido colchón.

Correr sin que te persigan, caminar con la cabeza bien alta, porque nadie puede minar quien eres, y porque más allá de toda pauta, de todo impedimento, de toda intolerancia, siempre volverá a nosotros nuestra auténtica naturaleza: la amabilidad y el compañerismo, la tolerancia y la compasión.

Ese impulso de abrazar a un pobre hombre con el corazón roto, ese impulso de compartir tu plato con una hambrienta mujer a la que han robado el único dinero que tenía, ese impulso de hacer reír a alguien al que solo enseñaron a llorar.


Siempre, siempre tendremos esa libertad de vivir, ese compañerismo, esa maldita alegría compartida, porque siempre triunfará nuestra bondad en la eterna lucha contra el egocentrismo.

sábado, 8 de febrero de 2014

Sábado, 08 de febrero de 2014.

Empiezas con un debate sobre política.

Criticas los comienzos de un país corrupto, que ya desde el inicio tuvo malos ingredientes para cocinar una democracia decente.
Destapas malos rollos entre los dirigentes de este barco directo al fondo del mar; dirigentes que acapararán los botes salvavidas antes de darnos cuenta.
Sigues con la historia económica que hay detrás del telón de los intereses políticos y descubres que no es más que una pantalla de humo.
Comentas los desórdenes éticos y morales de algún que otro monarca que no sabe retirarse cuando debe, al estilo de Alfonso XIII.
Disfrutas de unas risas a la espalda de un par de irrespetables torpes que iban para monos y se quedaron en cerdos sin escrúpulos.

Sigues con una distracción televisiva a media tarde.

Empiezas el desorden cerebral con una alusión a actrices recién salidas del horno.
Mencionas la calidad de las películas americanas marcadas por un mismo patrón.
Confirmas el aburrimiento incluyendo temas paralelos en dicha trama, porque en el fondo ya te sabes el final de la historia.
Te diviertes sacando los trapos sucios de algún actor que acabe de aparecer en pantalla.

Cambias de canal y con ello de tema artístico.

¿Habrá algún partido hoy o habrán decidido pasear esos millones por su zona residencial?

Vuelves a pensar en tu tiempo y en cómo ocuparlo.

Podrías disfrutar de un nuevo debate sacando el tema adecuado.
Barajas la posibilidad de perder un par de neuronas visualizando juegos comecocos en tu teléfono de última generación.
Piensas en la diversión que te podría proporcionar leer algún libro novedoso para recuperar viejas costumbres.
Acabas malgastando tu saliva en agradables charlas con familiares cultos que te enseñarán vida entre otras cosas.

Terminas el paseo.

Vuelves a casa dejando el maravilloso ambiente atrás, quemándose en la chimenea con aquellos viejos periódicos.
Asumes que siempre existe la posibilidad de regresar.
Decides hacerlo pronto, hacía tiempo que no aprovechabas la compañía sociable.
Compruebas que no estás del todo perdido en este mar tan fogoso, lleno de verdades mentirosas sobre temas que no te incumben en absoluto.
Tomas la liberación de buscar información sobre el mundo literario y profundo humano, al que quieres pertenecer.

Aprendes.