A veces, el lado bueno de las cosas no está a simple vista.
Otras veces, está frente a nuestras narices y no somos capaces de verlo.
Escuché en alguna parte, que si te centras en lo que dejas atrás, no podrás ver lo que tienes delante.
Es vitalmente importante saber ver la oscuridad dentro de tanta cegadora luz.
La oscuridad es confortable, amable, acogedora; y ante toda predicción, la mejor amiga que nadie pueda tener. Frente a siglos de luz cegadora que nos han impuesto prometiéndonos que eso era lo mejor.
Alguien más inteligente que todos nosotros, probablemente, dijo una vez que el mundo era un caos. Tenía la mejor forma de describir el mundo en sus manos. ¡Nosotros somos los que intentamos ordenarlo todo! Probad a vivir en el malnacido caos, impulsividad, instinto, alegría espontánea. Nada de razones, ni de estructuras falsas.
Personalmente, siempre me ha costado muchísimo entender el significado de las palabras, me fascinan. No son más que un invento humano, ¡por eso juego con las palabras! Probar a inventarse tus propios significados es jugar a ser Dios.
Sinceramente, mediante la música es mucho más sencillo expresar lo que intentamos buscar clasificándolo todo con palabras. El idioma no es más que un medio de comunicación, podemos hacer lo que nos apetezca con él.
Así ocurre con la forma de ver la vida. Aquel que sólo hace lo que la sociedad le impone, no vive, existe. Es cierto, estoy incorporando a este texto frases que no son mías, pero me son tan útiles que no las voy a descartar.
Siendo honestos con nosotros mismos, el caos nos asusta.
Estamos acostumbrados a algo, y cuando nos arrancan ese algo de las manos, se nos cae el mundo encima. Por eso duelen tanto las rupturas amorosas, por eso es tan difícil buscar trabajo fuera, por eso cuesta tanto coger un día y echar a andar sin rumbo.
Nada de esto significa que estemos condenados al horror, ni mucho menos. En nuestras manos está, cambiar el mundo, tomar la sartén por el mango, afrontar los miedos, enfrentarse a la pura realidad; esa oscuridad que tanto tememos todos. El miedo está en cada célula de nuestro cuerpo, pero en nuestro poder está también su antídoto. Utilizad el corazón para entender el cerebro.
Este es un consejo para mí misma, secundadlo o no, ahora tiene sentido: déjate llevar mientras nadas contra corriente, la vida es cruel y hermosa, vivimos en un caos, una vez lo asumas sabrás afrontarlo.
"Para mí, el mejor músico sería el que no conociese más que la tristeza de la más honda felicidad e ignorara toda otra tristeza. Hasta ahora no ha existido ese músico" by F. Nietzsche
sábado, 11 de mayo de 2013
viernes, 5 de abril de 2013
Espacio-tiempo.
Un incontable montón de árboles más altos que cien hombres. Más verdes que el mar del Caribe. El cielo no estaba a la vista. No hay luces artificiales, no hay rastro humano. Nuestro protagonista no tiene ni idea de dónde se está metiendo, o si se está metiendo en algo. Recuerda lagunas. No es que tenga lagunas en la memoria, es que eso es lo único que recuerda: pequeños e insignificantes momentos. Estamos en abril de 2013, viernes día 5; el reloj no ha dejado de funcionar, pero sus ojos están empezando a fallar. Está cansado, lleva caminando horas, tal vez días, sólo, y probablemente en círculos. Hay algo ahí, en ese destrozado árbol. Un rastro humano. Un cacho de papel.
21 de abril de 2013
Estoy sola.
No me queda demasiado tiempo.
Todo sucede demasiado rápido.
No van a venir a salvarme.
Lo sabía.
La locura pronto se apoderará de mí.
Si has venido a buscarme, y ya es demasiado tarde, huye.
Nada podrá salvarte.
Ni de ellos.
Ni de mí.
-¡Bueno muchachos, otro que se cree que ha encontrado a la princesita perdida!
Se escucharon risas. Saltaron árboles abajo unas criaturas que en algún otro tiempo fueron humanas, si ahora lo eran, los monos serían su evolución. Vaciaron los bolsillos, rompieron la ropa, buscaron en todos los recovecos del muchacho intentando encontrar comida, o algún resquicio sobre si de dónde venía existía. Cuando la búsqueda finalizó sin premio alguno, las risas ya se habían apagado del todo. Cogieron la nota, arrancándosela al indefenso y en la otra vida ya casi, muchacho, para ir a colgarla en otro árbol. Dos de las criaturas se quedaron con el cuerpo. Sólo había dos posibilidades: habían decidido atravesar la frontera hacia lo insano, o seguirían buscando hasta la desesperación. En cualquiera de los dos casos, ya estaban muertos.
Una joven niña, que parecía estar creciendo en aquel extraño ambiente, arrancó la nota de las manos del que primero la encontró y huyó con ella. Las criaturas le gritaron con una familiaridad que hacía que pareciese algo común en cada salida del sol, a quién se le ocurre mantener a una niña con vida en los tiempos que corren.
Esta vez fue diferente.
Sólo la niña sabe qué ocurrió, nunca nadie lo sabrá, y miles de leyendas se escribieron y contaron después; pero aquel día, fue la última vez que la vieron y oyeron.
-Abuela, nos has contado esa historia miles de veces.
-¡Un poco de sentido del humor, muchachos! Os hacéis viejos demasiado pronto.
La anciana mujer estaba en su acomodado salón, al lado de una chimenea artificial, con sus nietos a su alrededor, los tres.
No podría ser de otra manera, todos los viernes hacían aquel ritual; y sí, todos los viernes era la misma historia.
Ella no era aquella muchacha, todo eso nunca ocurrió.
Los bosques se habían extinguido, al menos los exteriores; pero ella aún los recordaba.
Ese día era el marcado en la nota.
Porque la nota existía.
La única diferencia, fue que la encontraron dos siglos antes.
La había heredado, como solo se conseguían posesiones en toda su vida y probable muerte.
Esperaba el instante de regresar al lugar, de que ocurriese algo.
Entonces fue cuando lo perdió todo.
Incluida la cordura.
Esa nota la escribió ella misma, ese mismo día, en ese mismo papel, con esa misma letra.
No había salón.
No había chimenea.
Había un gran bosque.
Un profundo sonido de gritos lejanos.
Un temblor en los pies.
Cincuenta años menos.
Algo más de agilidad.
Algo más de realidad.
Un grueso tronco la sujetó ante su inminente caída.
Allí mismo clavó la nota.
Abrió los ojos de golpe.
Los cerró con fuerza pensando un solo segundo lo que dejaba atrás.
Volvió a abrirlos y echó a correr.
Sabía cómo acababa la historia.
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